Descansá en paz, abuelo, que aquí quedamos nosotros para seguir recordándote, cantándote, y queriéndote (25 de mayo, 1936 – 14 de julio, 2009).

Siempre se habla de la curiosa muerte,
esa que a nosotros, los jóvenes,
solo nos encuentra a medias.
Siempre se le menciona, lejana
y sin poder querernos, sin poder tocarnos.
Pero mi abuelo la llevaba
enredada en las pestañas.
Se acostaba con ella en la cama,
le escribía poemas,
le tenía de todo, menos miedo.
Ella nunca fue una muerte embustera
hasta el día que decidió llevárselo
y nos dejó a todos sorprendidos,
buscándole el respirar de poeta
y el humor de viejo sabio.
A mí me dejó pensando.
La última vez que mis ojos lo vieron
le llegaban a las rodillas
y lo veían gigantesco,
recitando poesía,
y se lo imaginaban eterno.
Eterno entre las rosas de su casa
contando chistes un poco pasados
pero disipando dudas a carcajadas.
Eterno en el diplomático poder de su mirada
y en la elegancia plena de sus guayaberas,
en la fragilidad de sus caderas
en el bigote, y en el regazo.
Se lo imaginaban eterno
en las espontánea ira de sus ojos
que ardían al recitar sus versos
como un Neruda personal y terco.
Se lo imaginaron eterno
hasta que no hubo tiempo
de imaginarse nada
y se cerraron las ventanas
y se abrieron los libros
y se relegó el abuelo a aquel
rincón de la memoria donde viven los cuentos.
Desde tierras lejanas, mis ojos
lo vieron siempre, congelado y exigente
con una pluma en la mano
un verso en la lengua
y una guayabera blanca.
Hasta que una mañana de julio
tuvimos que darnos cuenta
de que el tiempo sigue pasando
y aquella muerte inofensiva
lo terminó devorando,
lo terminó convocando
a una eternidad verdadera.
Siempre se habla de la curiosa muerte
la misma que todos llevamos
cargada sobre los hombros
pero que hoy se llevó
al abuelo de nuestro pueblo
y nos dejó con las manos llenas
para edificar su imagen
y los ojos, con lágrimas, pero abiertos
para seguir viéndolo eterno.